EditorialUn brindis por...Vital

La censura del piropo y la impertinencia

Nos enseñaron a amarlo, a desearlo, a buscarlo… como a una recompensa que se gana por cumplir las exigencias de una sociedad que desea que seamos moldes. ¿Por qué creo que el piropo, como la impertinencia, no es aliado sino enemigo?

El tema de este texto nació de un disgusto. Les voy a contar la historia…

Hace unos meses, cuando terminaban los días de encierro total que generó la pandemia del COVID-19, advertí algo que quizás nunca me había pasado: mi ropa me quedaba apretada y no precisamente porque se hubiese encogido en sus meses de olvido en el closet… ¡me había engordado!

Decidí afrontarlo con tranquilidad y hasta con humor… me reía con mis amigos de lo “llenita” que me vio mi abuela cuando nos reencontramos, de las fotos en que se evidenciaba mi “brazo de tía” y de no poderme poner algunos de mis pantalones favoritos… cosa que realmente me alertaba.

Aunque nunca me peso (porque evito tener esa como una de mis preocupaciones), la verdad es que no me gusta sentirme gruesa ni “llenita”, y por esa razón decidí tomar cartas en el asunto. Para solucionar “el problema” empecé a hacer dietas varias (algo que hacía años no pasaba por mi mente).

En ese proceso, un amigo (de esos que son políticamente incorrectos, pero uno quiere mucho) me empezó a mencionar que me había engordado. Aunque lo hacía a manera de comentario chistoso -tal como yo en un principio se lo había contado-, sus frases reiterativas sobre el tema me empezaron a obsesionar con mi situación, a tal punto que, aunque ya hace rato regresé a mi “molde” (ya mi ropa me queda holgada), cada vez que me veía o hablaba con él, duraba días en que no dejaba de renegar conmigo misma al mirarme al espejo.

El día que fui consciente del daño que me estaba haciendo su “opinadera”, decidí responderle que no era cierto que estuviera gorda, que ya había regresado a mi normalidad -que efectivamente no es, y nunca ha sido, la talla 6- y que quizá él no se había dado cuenta de eso.

Sin embargo, él siguió.

Un día, mientras hablábamos por chat, le volví a decir -de una manera menos informal y más tajante- que no siguiera comentando sobre el tema.

Él -que estoy segura jamás pensó en molestarme o hacerme daño- sintió que yo le estaba dando relevancia a algo que no la tiene y se disgustó conmigo. Fue así como decidí escribir lo siguiente:

Carta a mi amigo

Amigo de mi corazón (y en representación tuya, todo hombre que pueda entenderlo):

Recurro a este medio para explicarte porqué no quiero que me digas si estoy gorda o no.  

Desde que nací, y en el transcurso de mi vida, la gran mayoría de personas que he conocido ha opinado sobre mi aspecto físico: si soy alta, bonita, gorda, chata… plana, redonda, blanca. Mi aspecto ha sido determinante para todo, desde las experiencias que he vivido, los amigos que he tenido (y los que no he tenido), hasta los trabajos que he desempeñado…

Es apenas normal: la sociedad nos ha enseñado a creer que existen formas mejores que otras, a consumir estereotipos de belleza y a ‘querer ser como ellos y parecernos a ellos’ (un destino, por decir lo menos, patético).

Como buena adolescente, desde mis 13 años empecé a cuestionarme si encajaba o no dentro de esos parámetros sociales de belleza. Al ser una joven insegura, caí en las miedosas garras de una enfermedad que para la época afectaba a millones de mujeres: la anorexia.

Soy una mujer alta, mido un metro con 74 centímetros, con los mismos que llegué a pesar 42 kilos y a durar días enteros sin comer. Eso, por mencionar brevemente -y sin extenderme- el infierno que resulta tener una obsesión por el aspecto físico.

A las malas, sobreviví. Aprendí a quererme. Aprendí a poner un cerco de protección entre mi cuerpo, mis juicios sobre él y lo que otros piensan o digan sobre mi aspecto. Aprendí también -con los años- a tener una relación de verdadero amor con la comida, una relación de bienestar y de placer, que no quisiera perder nunca.

No es particularmente mi caso, pero a muchas mujeres nos inculcan desde niñas que el éxito y la realización personal viene sólo en empaques “bonitos” y con un contenido indispensable: matrimonio y maternidad. Nada más cruel: nos dicen cómo debemos ser felices… y, además, cómo no podemos serlo. De ahí nacen muchos de nuestros rezagos.

Pensarás, amigo, que soy demasiado trascendental, que ya parezco una de esas que ustedes llaman ‘feminazis’, que no tolero la crítica o las bromas… yo en cambio pienso que no estoy pidiendo mucho.

Pido -simplemente- que no seamos tratadas como objetos de consumo público (ver ‘El 8M que sí queremos’ ). Pido que eliminemos de nuestras conversaciones comentarios no pedidos sobre el aspecto de las personas, particularmente de las mujeres. ¿Acaso alguna vez, como hombre, has sentido la necesidad de cumplir estándares ridículos?  

No se trata de no soportar la crítica. Soy la primer fan de tener amigos sinceros y con criterio, como tú. Sin embargo, aunque estemos acostumbrados, los comentarios estereotipados sobre el cuerpo (tanto los negativos, como los positivos) tienen una carga cultural machista que muchos no queremos perpetrar.

Te digo, para concluir esta triste súplica, que me importa tu opinión; me importa mucho, particularmente cuando ésta me ayuda a evidenciar cosas que no puedo ver yo misma en el espejo.

Con amor…

Yo.

Photo by Mika Baumeister on Unsplash

Newsletter
Sé una de las primeras

Regístrate en nuestro newsletter para que siempre estés enterada de nuestras novedades.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.