DesinhibitoriaLa defensa de...

Cortar, soltar y no ver atrás

Requiere coraje y valentía tomar las riendas de nuestra vida, las decisiones diarias y, por su puesto, sus aciertos y sus decepciones.

Empiezo así este texto pues hoy les quiero compartir, desde la historia de una decisión que tomé con respecto a mi pelo, la verdad que hay detrás de ella.

Cuando tomo una decisión soy radical. Soy de las que mira para adelante sin sentir compasión ni duda por lo que dejo, pero, sinceramente, sí me tomo un buen tiempo -todo el que sea necesario- para dar ese paso. Cuando digo “el que sea necesario” no es hasta “cuando me sienta segura” (no existe tal seguridad), pero sí me tomo el tiempo suficiente para elegir ese momento en que mirar atrás ya no será una opción.

Lo hice cuando decidí dejar mi ciudad natal (Villavicencio) para irme a estudiar comunicación y periodismo en Medellín, también cuando me mudé a Bogotá, cuando decidí terminar una relación tóxica que tenía más apego que nada y también al ponerle fin a otra floja que no iba para ningún lado.

Asimismo, lo hice cuando decidí, bordeando mis 30, renunciar a mi trabajo, coger mis ahorros, dejar mi país e irme a estudiar, de nuevo en shorts y converse (sin medias, cuál adolescente), totalmente entregada en los brazos de la incertidumbre.

Así he cerrado ciclos, me he abalanzado como un tren sin freno más de una vez.

Así también decidí dar un paro a mi vida y dejar mi profesión como periodista para seguir el llamado de mi alma y ser coach; o, más aún, cuando hice un stop, abrí mi corazón y acepté a Cristo en mi vida…

Ahora, con un acto un poco banal, me corto más de 30 cm de mi pelo.

Es solo escribiendo estas letras que entiendo lo mucho que amo la adrenalina de lo nuevo, del cambio, y que, aunque incómodo, este siempre es para bien: abrir caminos, ver nuevas caras, crear y conocer.

A punto de hacerlo

Y ahí estoy, de nuevo. Esta vez de espalda a las tijeras y creatividad de Javier Murillo, mi estilista desde hace 13 años, quien, sin dudarlo, hizo lo que mejor sabe hacer y sin compasión ni duda pasó sus tijeras por mi pelo.

¿Miedo? Para nada, solo descanso, emoción y cierre de ciclos; además de la confianza que me genera él, este acto me llevó a pensar en las personas que necesitamos en nuestras vidas para seguir un camino de progreso personal y profesional, como lo son los mentores, asesores, o aquellos que nos guían y que están en nuestro círculo más cercano.

Un acto tan radical como cortar algo, soltar, eliminar, renunciar, no es fácil, pero es liberador.

Y entonces, me sentí más fuerte que nunca. O, sí, empoderada. Un poco cliché el término, pero lo abarca todo y lo define todo: sentí que me quité capas y capas falsas de peso emocional que me impedían ver mi verdadero ser, y luego sentí por mi cuerpo una liberación y hasta una mezcla de verraquera.

Mi pelo cortado

Cuando Javi -como le digo yo de cariño- me llevó al espejo y logré verme yo, frente a frente, solo salió de mi rostro una sonrisa, pues me encontré conmigo misma y dije –waoooo esta soy yo, hace mucho que no nos veíamos-.

Todos esos son sentimientos que no tienen precio y que, a veces, en un acto tan simple como un cambio de look, un corte de pelo o decidir cortar con algo, nos pone de nuevo en nuestro camino único y real, sin tanto complique o tanto “debería”, o estereotipos sociales de los que nos vamos siendo “dignas” irónicamente.

Y al final la vida es una, y la tuya, ¿quién la va a vivir.?

Las dejo con una frase que llegó a mi cabeza mientras me redescubría siendo la mujer que soy en todos estos procesos ¿A cuántas personas estás dispuesta a defraudar para vivir tu propia vida?

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