DesinhibitoriaLa defensa de...

Cruella y nuestras sombras

Me encontré en estos días mirando las publicaciones de las cuentas a las que sigo en mi cuenta de Instagram y pensaba, orgullosamente, que la mayoría eran de personas positivas, astrólogos, cuentas sobre la libertad financiera, feministas y algunos viajeros que postean sus aventuras y viven de eso (envidiable), y los sigo porque ellos o ellas manejan esos temas en los que, creo, siempre se quiere avanzar, sobre los que se quiere aprender o inspirarse.

En general esto parece positivo y enriquecedor, un alimento para mis ganas de salir adelante, cambiar y ser mejor persona, amiga, mujer, amante y hasta empresaria… pero, al analizarlo, pronto llegue a la conclusión de que estaba alimentándome de un positivismo tóxico.

Querer ser todo y mejor que eso, así sea para mejorar las condiciones del ser o de la vida, se hace agotador a cierto punto, no porque no tenga sentido, sino porque a veces no hay ganas, espacios o simplemente tiempo. Es decir, si se nos viene la humanidad encima hay que atenderla, pero ¿cómo?    

Recordé entonces que la última vez que hice algo sin un propósito en específico fue cuando vi la película Cruella de Vil (personaje que cualquier persona de mi generación recordará y que hoy vuelve a las pantallas de cine) en una plataforma en línea… Desde ahí no he tenido tiempo para nada -literal, para nada-, porque he estado ocupada en unas fascinantes tareas de crecimiento personal, otras de carácter laboral, y unas muy intensas a nivel espiritual; todas ellas importante y, aunque son positivas indiscutiblemente, han sacado algunos asuntos no resueltos en mí, todas mis sombras (esas sombras que siguen siendo un resultado positivo de estos ejercicios).

En ese torbellino, me pregunté si de verdad estoy creciendo, o si más bien estoy cambiando una situación estresante por otra… o si, tal vez, esto de “mejorar” y “tratar de ser mejor” son otra trampa de la mente para hacernos sentir que no podemos ser felices hasta que logremos todo lo que nos hemos propuesto (o que todo lo que hacemos en la vida debe tener un fin superior siempre).

Con estas preguntas y muchas teorías sobre el tema, volví y revisé mi red social y salió toda esta cantidad de información positiva e inspiradora que en ese momento me generó más estrés y dudas sobre si haber cambiado mi mundo varias veces había tenido como resultado llegar a una nueva rueda de hámster, una rueda más grande y hasta distinta, pero al fin y al cabo rueda y yo hámster, corriendo sin darme cuenta y sin parar.

Ahí recordé a un amigo de la infancia, periodista melancólico y escritor oscuro, quien se caracteriza por un desánimo profundo por el ser humano y su existencia, y quien me decía siempre: – “El infierno son los otros”- (Jean Paul Sartre), realmente creo que eso no es cierto, creo, más bien, que el infierno lo hacemos nosotros dentro de nosotros mismos y eso es NORMAL, pero doloroso.

Por ejemplo, la guerra no la hace en sí un líder u otro, puede que estos la planeen, pero cada soldado que dispara un arma o pertenece a un grupo ha decidido, dentro de sí (aunque hay muchas justificaciones), hacerlo.   

En casos menos claros, nosotros habitamos en las sombras -muchas veces desconociendo la importancia de estas- y buscamos cubrir el momento oscuro con positivismo tóxico; ese que niega la realidad pero te motiva a cambiar, a sentirte mejor o diferente.

Lo que aprendí de este momento de la vida es que no se puede avanzar si no se habita esa oscuridad y se sumerge uno en su infierno y navega en su propio océano oscuro reconociendo qué es lo que quiere cambiar, pero pasando el perturbador momento en el que nos damos cuenta de que sí, hemos cometido errores, o que las cosas no están saliendo como pensábamos y no es culpa de nadie, es la vida.

Las sombras no son ni para ocultarlas ni para quedárselas, son para reconocerlas, abrazarlas y soltarlas eventualmente, cuando las aceptamos como una parte de nosotros, que no puede ser despreciada hasta el punto de hacerse ciego a su existencia.

Para sumergirse y transitar por este camino oscuro de uno mismo, es importante saber que es temporal pero necesario, que las cosas no son ni buenas ni malas, sino distintas y que no se pueden controlar. Aceptar la situación, o el momento oscuro, no lo hace eterno… si tuviéramos menos miedo a hacerlo ya habríamos pasado muchos túneles oscuros rápido.  

Aunque en mis escritos casi siempre les hago invitaciones, hoy no haré ninguna, más bien les diré que para salir de la sombra hay que iluminarla y reconocerla, y ahí sí, todo el positivismo, las ganas de mejorar y de esforzarse recobrarán sentido nuevamente.

Les diré que, en esos momentos más extraños, en los que uno siente su propio infierno, es cuando realmente debemos entender para qué estamos allí… y una vez trascendido ese entendimiento, entonces retomar esas herramientas bonitas e inspiraciones que la vida nos ofrece.

Volveremos a elegir lo que nos parece que nos esclaviza, y volveremos a querer ser libres, pero esta vez con la llave, esa que nos abre puertas a un mundo que no es blanco o negro, bueno o malo, individual o colectivo, sino todo y al mismo tiempo.

Volviendo al tema de Cruella de Vil -y al título de esta publicación-, para quienes no la conocen, se trata de un personaje de una película que nos muestra cómo llega ella a ser la persona malvada que es, quien además tiene como característica física por naturaleza (nació así) la mitad de su cabello blanco y la otra mitad negro.

Su madre siempre le pedía que ocultara su temperamento, su carácter y su “maldad” pues, desde mi modo ver, ella tuvo un pensamiento divergente y hasta despiadado desde pequeña, y fue en esos momentos oscuros de su vida que aceptó y comprendió que eso también le daba poder, y que abrazar esa parte de ella era fundamental para cambiar.

Por eso, según yo, Cruella deja de tinturarse y tiene su cabello de dos colores, blanco y negro, que simbolizan la soberanía sobre ella misma, el trascender de sus motivos oscuros, la aceptación de sus desdichas, para así finalmente transitar y trascender el dolor y lucir los colores en su aspecto que son naturales en ella, el blanco y el negro.

Solamente en ese momento, cuando comprendemos que el infierno somos nosotros, y que así mismo podemos transitarlo, hacemos que los colores de nuestra vida sean varios, para luego vivir una vida de más colores, de verdadera transcendencia y de una humildad que, sinceramente, libera. 

Photo by Carolina Pimenta on Unsplash

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