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¡Los hombres del futuro van a la deriva y nadie habla de eso!

Niños mirando el mar

Noviembre de 2016: Se elige a Donald Trump como Presidente de los Estados Unidos. Recuerdo que mis hijos, de dos años, dormían plácidamente en ese momento, sin saber cómo cambiaba el mundo a su alrededor. De mis ojos salían lágrimas; lágrimas de frustración, de incertidumbre, de rabia. Aún no podría creer que íbamos a tener, al menos, cuatro años de esa abominación, y de su vil retórica, saliendo de la Casa Blanca; casa de la que, de cierta forma, soy vecina.

Soy mujer, mamá, profesional, esposa, hermana e inmigrante. Tengo 46 años y soy hija de madre colombiana y padre español. Pasé gran parte de mi infancia en Suiza y ahora mismo resido en Washington, Estados Unidos, en donde trabajo para un organismo internacional, hace 19 años. No soy americana, pero mis hijos nacieron aquí, en el año 2014. Ellos son gemelos, hombres, blancos, rubios y con un hogar que les ofrece –sin extravagancias- todo lo que moderadamente necesitan, acorde con los estándares sociales, para surgir en esta sociedad moderna.

Esa noche de noviembre de 2016, mientras que seguían saliéndome lágrimas de los ojos, me llegó un pensamiento a la cabeza que me erizó los pelos de la nuca: “¿Cómo hago yo, mamá de dos niños con las características anteriormente mencionadas –rubios, blancos y privilegiados-, para que mis hijos NO se conviertan en ese hombre que estoy viendo en la televisión? ¿En qué ambiente creció este hombre? ¿Cómo hago para no repetir los que hayan sido los errores de las personas que lo criaron?, ¿Por dónde comienzo? Sin respuestas inmediatas, cedí al tiempo y a los días sin minutos para reflexionar, y no fue sino hasta cuando los niños entraron al pre-kínder, y pude verlos socializar -sobre todo con niñas-, que volví a sentir la misma incomodidad, y que regresaron, entonces, esas mil preguntas que se me vinieron a la cabeza, en esa noche de noviembre del 2016.

Muy convenientemente, por esa época, una buena amiga caleña, directora de una fundación internacional que apoya a las mujeres, organizó un maravilloso taller sobre feminismo práctico. Yo fui con mis dos hijos hombres, dulces, de cuatro años, a ver si lograba sacar respuestas, pero me surgieron aún más preguntas. En este taller, fui testigo del maravilloso trabajo que siguen, o seguimos, haciendo las mujeres en el camino del empoderamiento femenino, y en buscar el rol que nos merecemos en la sociedad, pero, aún no escuchaba nada sobre cómo los hombres están yendo a la deriva (sobre todo los del futuro), y me preguntaba por qué no se estaba hablando de eso.

Volví a mirar a mis hijos, perpleja, y sin muchas respuestas sobre cómo iba a guiarlos en este proceso. Fue entonces, cuando decidí buscar literatura sobre el tema, y cuando tomé la decisión de elaborar mi propio marco de acción, con el que me sintiera cómoda, yo, antes que nadie, y el que me permitiera llevar una crianza consecuente a mis creencias.

Mi meta era, y es, intentar criar, dando valor a la nobleza, a la empatía, a la vulnerabilidad, a la compasión, a la resiliencia, al respeto por lo diferente, y a la inteligencia emocional (EQ), de la misma forma que la sociedad le da tanta importancia a los temas de coeficiente intelectual (IQ), de productividad agresiva, y en donde muchas veces importa más el funeral que el muerto.

En el año 2014, me certifiqué como Life Coach, y llegué a pensar que, gracias a esta formación, las cosas se me facilitarían. Pero no podía estar más equivocada. Entre más información encontraba, más preguntas surgían. Y es que, siendo el tema tan personal, a veces es difícil verlo claramente, pero como el universo ayuda a quienes se ayudan a sí mismos (soy testigo de primera mano de esta premisa), me encontré, de casualidad en Instagram, con una amiga de la adolescencia, con quien no me he visto, en persona, desde el año 1989.

María Adelaida es mujer, madre de un niño de 10 años, psicóloga, y, coincidencialmente, andamos en la misma búsqueda: Cómo ayudar a que nuestros hijos, -y su generación- tengan la oportunidad de redefinir los conceptos de masculinidad, como poco a poco lo han comenzado a hacer muchos hombres, aun jóvenes, a quienes vemos haciéndoles peinados de fantasía a sus hijas-mujeres, o jugando a las muñecas con sus hijos-hombres, porque saben que eso NO los define (ni los definirá), pero sí los deja SER. Tengo la gran fortuna de conocer a varios de estos hombres, muy de cerca.

Desde ese momento, y sin querer, seguimos nuestra investigación juntas, y el objetivo de este artículo, es darle algo de luz a este tema, e intentar brindar compañía a esas mujeres, mamás (nunca se nos olvide que ese es el orden de las cosas), que, como nosotras, quieren cambiar el status quo… quieren rescatar a esos niños-hombres, de esa barca que va a la deriva, y quieren darles todas las herramientas para que se conviertan en hombres empáticos, sensibles, respetuosos y sobre todo, emocionalmente competentes. Porque las mamás, los papás, y los responsables del cuidado de las niñas, mujeres, no deben llevar solos la carga…la idea es que no solo se les enseñe a las niñas a ser independientes, asertivas, y a defenderse de los perpetradores. La idea es que estos perpetradores dejen de existir, y esa responsabilidad, es compartida.

Desde ese momento, comencé a llevar una crianza más consciente, y fue cuando me di cuenta que, en el futuro, nuestros niños-hombres de hoy, no pueden ser obsoletos. Fue cuando me di cuenta que, si bien creo apasionadamente que, después de años de discriminación, las mujeres de todas las edades, merecen la oportunidad de brillar y deben ser animadas a lograr lo que sus corazones desean, no puedo evitar sentir que, en el proceso, estamos en peligro de balancearnos demasiado lejos al otro lado. ¿No lograría eso perpetuar el problema original, para los niños, en lugar de las niñas?

Si bien muchos de nosotros, estamos felices de hablar sobre nuestro deseo de tener más ‘mujeres fuertes’ en la sociedad en estos días, me da vergüenza admitir que de alguna manera me siento desconcertada al escuchar a alguien hablar de un ‘hombre fuerte’. Porque, si soy sincera, cuando escucho las palabras «hombre fuerte», inconscientemente pienso en connotaciones negativas, cosas como la misoginia o la intimidación. Pero cuando escucho las palabras ‘mujer fuerte’, pienso, de forma muy propia, en la victoria sobre la opresión. ¿Tan arraigada se ha convertido esta división, que cualquier demostración de fuerza masculina parece casi repugnante? La verdad no tengo respuestas, pero lo que sí me queda claro, es que cuando imagino a mis dos hijos, hombres, creciendo en ese mundo que se está dibujando ante mis ojos, se me parte un poco el corazón.

Es por todo lo anterior que se necesita, no solo seguir luchando por la igualdad, y porque las mujeres puedan llegar a obtener lo que quieren, -independientemente de lo que tengan entre sus piernas-, sino por un movimiento acorde, para los hombres. Hay que redibujar la masculinidad, y tenemos que ayudar a nuestros hijos a hacerlo. Esto precisamente, es lo que no me deja quedarme cruzada de brazos. Esa no soy yo. Hay mucho trabajo por hacer.

Por lo pronto, junto con mi amiga María Adelaida, hemos creado un laboratorio sobre la importancia de la crianza, emocionalmente inteligente, de niños, hombres, en el marco de masculinidades sanas. Ese es nuestro granito de arena, por ahora. Eso, y continuar con esa crianza consciente, flexible, de revisión diaria, de caídas y levantadas, en donde le permito a mis hijos (y a mí misma) ser, sentir, expresar, equivocarse, para que en el futuro puedan ser lo que quieran, no por tener un pene entre las piernas, sino por su autoestima.

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