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Cuando la inequidad viene con el periodo…

«La ruler» le dice mi esposo (una forma no muy original de llamarle a algo a lo que todo el mundo le tiene apodos), mi mamá la llamaba «la visita» y mis amigas «el periodo»… en fin, podríamos armar una bitácora de sobrenombres si fuera el caso, sin embargo, más que hablar de ella -o de los tantos mitos y creencias que hay a su alrededor- quiero hablar del cómo la menstruación, un factor biológico de quienes nacemos con sexo femenino, llega a configurarse en un tema relevante para discutir respecto a las políticas de equidad de género.

Lo primero que debo decir es que, para mi artículo de hoy, conté con la asesoría de Karen García Rojas, una economista feminista con experiencia especializada en estadísticas con enfoque de género. Gracias a su orientación puedo explicar mucho más claramente porqué la menstruación, y particularmente el acceso a productos de higiene menstrual, debe ser un asunto de interés público e incluirse en las agendas públicas de cualquier país del mundo.

Ser mujer -desde el punto de vista de la construcción social de lo que eso significa- es, de entada, una condición que nos genera un sinnúmero de barreras sociales, unas más altas que otras, y algunas que afortunadamente estamos empezando a cruzar.

Más que lamentarlo, necesitamos reconocerlo: en la vida de todas las personas -y particularmente en la de las mujeres- hay factores que determinan desigualdades. Por ejemplo, «si una mujer es educada con unos estrictos paradigmas de obligaciones familiares, de obligaciones de cuidado, y, además, en el contexto escolar se le limita para participar en áreas como matemáticas o ciencias, pues va a tener unas barreras internas de autoconfianza, de autolimitación, y, además, unas barreras sociales que le dicen que ella no puede involucrarse en ciertas esferas», asegura Karen.

Pues bien, en el contexto biológico -tanto como en el económico y en el cultural- el ciclo menstrual es uno de esos factores que pueden llegar a determinar desigualdades y mi intención es explicar porqué.

Según explica nuestra economista experta, «es distinto lo que ocurre con una mujer urbana, de altos ingresos, que ha tenido la oportunidad de acceder a educación sexual y reproductiva, así como a elementos de higiene menstrual desde temprana edad, a lo que ocurre con una mujer que tiene estigmas alrededor del periodo, que se avergüenza de él -algo que ocurre mucho en contextos rurales- o que, por ejemplo, no puede acceder a elementos de higiene menstrual desde temprana edad y tiene que faltar al colegio en los días en que tiene su periodo».

El asunto que esta disyuntiva plantea no es menor. Según la encuesta pulso social del DANE (cuyos resultados fueron publicados en el pasado mes de junio de 2021), al menos 70 mil mujeres colombianas usan trapos o papeles durante el período y 45 mil no usan nada, un 19% de las mujeres pobres dicen tener dificultades para acceder a elementos de higiene menstrual y un 11% de ellas ven interrumpidas sus actividades cotidianas durante el período (el 96% de ellas por síntomas físicos y otro 9% por falta de dinero para comprar elementos que les permitan gestionar la menstruación).

Las trampas del sistema -diría yo-: la pobreza, la inequidad, la falta de oportunidades… todas ellas hacen parte de un círculo vicioso del que no es ajena la discriminación en todas sus formas. Y es que, por mencionar un caso, «una niña que debe faltar al colegio tres o cuatro días del mes a causa de la falta de recursos para adquirir productos con los que pueda gestionar su menstruación, puede -por ejemplo- empezar a acumular un vacío de conocimiento en el proceso de aprendizaje que, a largo plazo, puede tener implicaciones en su permanencia en el sistema educativo, en las posibilidades que tiene de trabajar y tener ingresos que le permitan ser autónoma», explica Karen.

En esencia, la menstruación se configura, para una mujer en condición de pobreza, en una barrera económica adicional a las que pueden tener los hombres que estén en ese misma condición. Pero no es solo eso, las consecuencias de esa situación y de otras más complicadas de solucionar, como la tendencia a delegar el cuidado de los hijos o el trabajo del hogar exclusivamente en la mujer-costumbres generalmente derivadas de las creencias culturales que hemos heredado y que prevalecen predominantemente en hogares de bajos ingresos- están directamente ligadas a la imposibilidad de generar ingresos propios o suficientes, y, por ende, a un bajo «poder de negociación» de las mujeres frente a los hombres, lo que además puede limitar de manera importante su capacidad para tomar decisiones individuales libres.

Parece un tema difícil de abordar, pero en realidad no lo es tanto. Justamente, hace algunas semanas se publicó en diferentes medios de comunicación del país la noticia de la radicación de un proyecto de ley que pretende ‘asegurarle a las mujeres de estratos 1,2 y 3 la gratuidad de estos productos de primera necesidad’, y aunque es todavía muy apresurado un canto de victoria, no hay que desconocer que, en un país en el que estamos acostumbrados a ir halados en cuanto a medidas progresistas se refiere, solo el hecho de abordar esta discusión nos deja -a lo sumo- bien parados.

En el mundo, Escocia fue la primera nación en ordenar la gratuidad de productos sanitarios femeninos a finales de 2020. El Reino Unido y algunos estados de los Estados Unidos también han venido avanzando en su regulación.

Es posible que la discusión de esta iniciativa traiga consigo algunas aristas; la pertinencia de subsidiar productos que generan un alto grado de contaminación vs. la alternativa de promover el uso de la copa, un producto amigable con el medio ambiente, pero poco conocido y para cuya manipulación se requieren condiciones de infraestructura sanitaria y agua potable con las que hoy no contamos en muchas zonas del país.

Hemos querido dedicar nuestra editorial de este mes de septiembre para hablar de la importancia de promover el acceso a productos de higiene menstrual porque en La Dosis XX creemos que las mujeres debemos exigir derechos con más fuerza y pedir concesiones con menos consideración; hablar de menstruación no puede seguir siendo un tabú en pleno siglo XXI y, por el contrario, es hora de que sea un asunto público. ¡EXIJÁMOSLO!

(Y no, la inequidad no puede seguir llegando con el periodo… )

Photo by Aunt Flow on Unsplash

Photo by Monika Kozub on Unsplash

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