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Ser madres sin tener madre

una madre ayuda a su bebé a caminar

En septiembre de 1990 recibí uno de los golpes más duros de mi vida; si no el más. La muerte de mi mamá me cogió por total sorpresa. Al parecer, más de tres años de un cáncer furibundo no fueron suficientes para que la mente de mi yo, entonces adolescente, pudiera procesar que ella ya no estaría ahí. Poco o nada sabía yo que iba a tener que enfrentar todos los retos de mi vida sin ella; sin sus palabras, sin su conocimiento, sin su olor, y, sobre todo, sin su guía, pero así fue.

Luego de muchos años de ignorar el dolor interno, causado por la ira que el golpe atroz me provocó, mi pasado volvió a visitarme en varias ocasiones, pero nunca con tanta insistencia como cuando me volví mamá.

Mi mamá tenía 46 años cuando murió, la edad que tengo yo hoy. Yo tenía 15 años cuando me despedí de ella esa última noche, en un frío hospital de Ginebra -en donde vivíamos en ese momento- y en donde ella se desempeñaba como ministra plenipotenciaria de la Misión de Colombia ante las Naciones Unidas.

Educada, muy inteligente, resiliente, ambiciosa, dulce y persistente; así era ella. Absolutamente imposible de convencer, haciendo siempre la aclaración de que no era terca sino tenaz -que venía siendo lo mismo-, pero su verdad era la verdad.

Fue parte de la primera generación de mujeres diplomáticas en Colombia, y estoy absolutamente segura de que esa experiencia, por más de ser gratificante y enriquecedora, debió de ser, a su vez, agotadora y confusa. Era claro que ésta marcó esa personalidad fuerte, decidida y -a veces- algo intolerante. De nuevo, su verdad era la verdad.

Hoy entiendo mucho sobre esa tenacidad de la que ella hablaba. Al fin y al cabo, ser mujer en el ambiente en el que ella trabajaba no debía ser fácil, y supongo que la tenacidad era uno de los “remedios caseros” que le ayudaban a poder convivir con ello. Si aún hoy, en el mundo laboral, muchas de nosotras seguimos enfrentándonos a nocivas discrecionalidades por nuestro género, era claro que, en su época, el sonido de los tacones en esos pasillos en donde solo los hombres eran abiertamente aceptados y respetados, debían resonar estruendosamente, irritando a muchos y, tristemente, a muchas.

Creo que siempre por eso, su caminado fue como su personalidad, fuerte y decidido. Ella estaba ahí para hacerse sentir, y así fue. 

En la madrugada en la que ella murió, luego de una larga batalla contra una despiadada enfermedad, mi hermana mayor y yo, no solo perdimos una madre, sino que, de cierta forma, “ganamos” un hijo; un hijo que ninguna de las dos había pedido.

Mi padre hizo todo lo mejor que pudo por aceptar la muerte de mi mamá, y por guiarnos en ese proceso de duelo, pero fracasó profundamente en el intento. Se volvió un niño asustado, con miedo a todo, y sin saber qué hacer con una hija recién casada y otra adolescente. Hasta la fecha, mi mamá había sido el cerebro de toda la operación familiar, y, en ese momento, esto se hizo más evidente que nunca.

Fue entonces cuando, sin ninguna gana de querer hacer ningún duelo, y con la constante preocupación de que mi papá también fuese a morir, comencé a vivir mi adolescencia. No lloré; al menos no en público. No hablé del tema. No me desahogué. Ante los ojos del mundo a mi alrededor, yo estaba bien; los únicos rasgos “anormales” que presentaba eran el de tener un sentido del humor bastante negro para mi edad y el de ser considerablemente indisciplinada en el colegio. En ese momento mi verdad se había convertido en la verdad.

Pocas semanas después de la muerte de mi mamá, y aunque mi papá era español y no colombiano, él decidió regresar de Suiza, a Colombia; creo que por mí bien, más que por el suyo. En Colombia estaba mi familia materna, con la que los lazos siempre han sido muy fuertes, y él sabía que tenerlos cerca sería de grandísima ayuda.

Los años que vinieron no siempre fueron malos, pero nunca fueron totalmente buenos; como dijo el gran Quino por la boca de su sabia Mafalda, era como vivir constantemente “con una basurita en el corazón”.

Dado que, neciamente, la terapia nunca fue una opción para mí, sobre todo por el miedo a la vulnerabilidad, la negación sí lo fue. La negación dormía en mi lado de la cama, dejándome, a través de los años, cada vez menos espacio en ella.

Durante mucho tiempo viví en negación; me negué a sentir; a recordar; a revisitar; a pensar más de lo necesario. Lo único que tenía claro era que quería crecer rápido para irme a vivir sola, sin mayores responsabilidades y, sobre todo, para NO tener hijos, ni ataduras en general; punto. Esas eran mis expectativas a los 17 años.

Hasta entonces mi vida había sido una antes de la muerte de mi madre, y otra luego de su muerte, y siempre conté mi historia así. Esto me definía.

Durante muchos años, y casi sin saberlo, viví en modo supervivencia, pero, afortunadamente, tanto mi curiosidad como los episodios que la vida me sirvió de plato fuerte, me llevaron a ver las cosas desde otra perspectiva.

Si bien la muerte de mi mamá no había sido culpa mía, todo el resto de las decisiones de mi vida, hasta el seguir permitiendo que el pasado me definiera, sí que lo eran. Fue entonces cuando pasé de vivir en modo de estrés postraumático, a vivir en modo de crecimiento postraumático. Ese fue el momento, donde la narrativa de mi vida comenzó a cambiar, y cuando pude darme cuenta de que, de cierta manera, esos episodios difíciles, me hicieron fuerte, resiliente, más madura, hasta interesante… pero, por sobre todo, me dieron la oportunidad de creer en mí misma, así como la habilidad de reírme de mi misma; eso no tiene precio.

Muchos años, y una larga relación de codependencia luego, siempre sin el más mínimo interés en tener hijos, entendí que el gran motivo de no querer ser madre respondía directamente a que, desde muy joven, había tenido responsabilidades, tanto funcionales como emocionales, que no eran propias para mi edad. Parentification[1],a falta de un término puntual en español, era la palabra que daba medida a la gravedad de mi aflicción.

Entre más leía sobre el tema, más entendía por qué, durante varios años, mis relaciones amorosas fueron tan intensas como fugaces, y siempre con fecha de vencimiento; parecía que las buscaba de esa forma; entre más improbables, más me llamaban la atención.  

Algunos años después conocí a mi esposo, o lo “re-conocí’ porque, en realidad, habíamos sido amigos en la adolescencia.

Mauricio fue el primero que me hizo dudar de mi mal llamada certeza de no querer hijos. Él fue el que me ensenó a ver a los niños, y no solo a mirarlos por encima.

Vivíamos en Madrid en ese momento, y cada vez que paseábamos por la calle él me hacía notar que había niños alrededor nuestro. Honestamente, hasta ese momento nunca me había dado cuenta. Yo, en realidad, no veía a los niños, no les daba ni un segundo de mi tiempo. Con remordimiento y vergüenza recordé que, cuando mi adorada prima Cata o mis amigas habían tenido bebé, yo poco estuve presente, y cuando estuve, sostuve a sus hijos e hijas con los brazos estirados, por treinta segundos, con los ojos abiertos de par en par, como si estuviera cargando una bomba y no a un bebé. Les tenía absoluto pavor, o más bien, tenía absoluto pavor de lo que me pudieran hacer sentir.

Poco a poco, y creo que sin saberlo muy bien, Mauricio me fue sensibilizando con la idea de hacer las paces con mis motivos detrás de no querer tener hijos. Está bien no querer tener hijos porque te desagradan los niños, o porque tienes claro que eso no es para ti…está más que bien, pero mi realidad era otra. Yo no quería tener hijos por miedo a sentir, por miedo a ser vulnerable, y cuando uno vive así -con miedo- la vida se lo cobra a uno más adelante; y con creces. Con ese argumento, él me hacía sentir que no todo iba a ser -para nuestros posibles hijos- lo difícil que había sido para mí. Me hacia sentir ilusión.

Dando un salto de cinco años en el futuro, decidimos intentarlo, y aunque yo estaba a punto de cumplir los 40 años, fue -afortunadamente- bastante fácil quedar embarazada. Tenía claro que, dado que mi embarazo no pudiera ser natural, nuestra primera opción sería la adopción, no porque tenga nada en contra de los tratamientos de fertilidad, en lo más mínimo, sino de modo de poder darle a un niño, o niña, huérfano/a -como yo- el amor que solo sentí tener a medias.

Tres meses después de tomar la decisión, y sentados en el baño de nuestro apartamento, aun no me lo creía: la prueba de embarazo era positiva, y menos me lo vine a creer cuando, a los pocos días, el médico nos avisó que estábamos esperando gemelos.

La noticia nos cogió por sorpresa y el ataque de pánico, sobre todo mío, fue brutal. Ocho meses después nacieron mis hijos y llegó con ellos la culpa y el arrepentimiento de no haberme leído todos esos libros que me recomendaron mis amigas madres, ya que me parecían lentos y aburridísimos. El libro que me estaba leyendo en ese momento, sobre la vida de la costurera Sira Quiroga en la España de la posguerra, era mucho más interesante que esos libros que me contaban que esa semana mis bebés eran del tamaño de un aguacate.

Siempre pensé que la maternidad era empírica y que, en el momento que tendría a mis hijos en mis brazos, el conocimiento me llegaría de forma inmediata, como cuando en la película Matrix les descargan la programación para volar helicópteros cuando la necesitan. Pero no; no fue así. Mis hijos nacieron, y yo aún no sabía nada sobre lo que creía que era ser mamá. Tenía muchos recursos a mi alrededor – mi tía, mi hermana, mi suegra, mis primas-, pero lo cierto era que me daba vergüenza preguntar.

Pasaban los días y las semanas, y aunque sobrevivía al día a día, la verdad era que me sentía insegura en la maternidad y mi cerebro ansioso me dio la estocada final al recordarme que seguramente me sentía así dado que no era más que una pobre huérfana que no pudo modelar ningún comportamiento maternal, a falta de una madre. ¡Ah! El cerebro; nuestro mejor amigo; nuestro peor enemigo. En ese momento, los monólogos interiores de Sylvia Plath no me llegaban ni a los talones.

Afortunadamente, esos días largos y noches cortas de los primeros meses de crianza no me permitían estar tanto “en mi cabeza” y, aun así, cuando lo estaba, me recordaba de quién era yo; suspiraba y “tiraba ‘palante”, como siempre me decía mi papá. El resto se resolvería más adelante.

Un buen día, varios años después, en frente de la taza del baño, estábamos haciéndole una ceremonia fúnebre, muy solemne, a nuestra primera mascota familiar, un pececito llamado Mr. Fish. En ese momento, uno de mis gemelos, de casi cuatro años, me preguntó que a donde iban los humanos que morían, ya que claramente no cabían por la taza del baño. Antes de poder responder, y como reacción a la pregunta hecha por su hermano, mi otro hijo me miró con ojos de terror y me preguntó, “¿a la Yaya Bessie -mi mamá- la metieron en la taza del baño cuando murió?” Luego de reírnos un rato, y de que mi esposo saliera despavorido ante la pregunta tan ocurrente pero a la vez tan compleja, solo me quedaron cuatro segundos para responder algo medio trascendente, pero certero; titubeando dije que yo, personalmente, sí creía que las personas que morían iban a alguna parte -y que el camino, claramente, no era por el baño-; seguí explicando que no sabía exactamente a donde iban, pero que seguro era un lugar muy bonito, parecido al cielo. “Lo más importante, para los que nos quedamos aquí, es que debemos seguir recordando a los que se fueron; honrándolos y hablando entre nosotros sobre lo felices que fuimos con ellos, mis amores”.

Al escuchar mis palabras, y sobre todo al ver su cara de calma y de complacencia, fue cuando entonces me di cuenta de que, en realidad, no importaba que no tuviera mamá; no importaba que fuera esa “pobre huérfana que no había podido moldear ningún comportamiento maternal, a falta de una madre”. En este caso, y en el planteamiento filosófico de lo innato versus lo adquirido, el segundo había ganado, y de un momento a otro yo había logrado convertirme en lo que yo consideraba una buena mamá -al menos por el momento-.

En contra de todo pronóstico yo sí servía para esto, dándome a la vez cuenta de que mi mamá no había muerto del todo; ella aún vivía en mí, en mi intuición; en mi hermana; en mi tía y mis primas; y fue cuando me di cuenta de que, aun sin madre, tenía una tribu enorme de amigas y amigos; madres; padres; solteros, casados, sin hijos; homosexuales; heterosexuales; profesionales; amas y amos de casa; de muchas nacionalidades, y con cientos de historias, que hacían de mí -constantemente- una mejor persona.

Mi esposo fue el fundador de esa tribu. Fue el que vio más allá de mi miedo a la maternidad, y se dio cuenta de que, aun con mis limitaciones emocionales, seríamos padres con intención. No fue sino hasta ese día, en frente de la taza del baño, que me di cuenta de que mi madre vivía en las historias que les contaba a mis hijos y, de cierta forma, en toda la gente que me quiere; y que, durante mis casi treinta años sin ella, siempre han tenido las palabras adecuadas para animarme y para seguir recordándome de lo perfectamente afortunada que he sido siempre, aun cuando pensaba que la vida conspiraba en contra mía.

Dicen por ahí que los recuerdos sin carga emocional son sabiduría, y creo que, ese día, en frente de la taza del baño, me di cuenta de que me había vuelto un poco más sabia, y de que, aun sin madre, sí se puede ser una…una de verdad, verdad.

Nota: Este artículo va dedicado a una de las madres más conscientes y amorosas que he conocido; mi adorada amiga, consejera, editora, cómplice y alma gemela: Paola Cárdenas Camacho. Una pequeña prueba de su enorme corazón se encuentra en este Instagram: @riseupmariposas

Te quiero Pao! Gracias por tanto!


[1] (…) se refiere al proceso a través del cual a los niños se les asigna el papel de un adulto, tomando tanto en las responsabilidades emocionales como funcionales que normalmente son realizadas por los padres. Engelhardt, J. A. (2012). The Developmental Implications of Parentification: Effects on Childhood Attachment. Graduate Student Journal of Psychology, 14, 1. https://www.tc.columbia.edu/publications/gsjp/gsjp-volumes-archive/gsjp-volume-14-2012/25227_Engelhardt_Parentification.pdf

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