Un brindis por...Un pulso entreVital

El matrimonio y el feminismo

velo de novia

Me casé. Por segunda vez, y única consciente.

Aunque siempre quise casarme, y había tomado la decisión de hacerlo hace mucho (paradójicamente desde mi divorcio temprano), no puedo negar que hubo varios dilemas que me encontré en el camino “al altar”, particularmente ahora que he venido descubriendo y declarando abiertamente mi feminismo.

Ya en “la defensa de las mujeres que toman la iniciativa” había yo contado algo de cómo le pedí matrimonio a mi novio y de cómo me “tragué el sapo” de entender que él no quería lo mismo que yo: un compromiso a largo plazo.

Pues bien, llevo casi un mes de casada con ese novio; ahora esposo.

Dilema 1

El primer dilema, y quizá el más grande para mí, vino cuando tuve que aceptar que el matrimonio llegó cuando él quiso… cuando él tomó la decisión, y no cuando yo lo propuse.

Lo primero es decir que no estoy hablando de un caso particular, no es mi caso… es la generalidad de los casos, así la gran mayoría de las personas no se hayan sentado a entender esa terrible disociación.

Las mujeres se casan solo cuando los hombres proponen matrimonio. Esa es la regla.

Hace poco, mientras participaba de una conversación de mujeres maduras, profesionales, independientes (dirían algunos “hechas y derechas”), una de ellas dijo con convicción que a los hombres jamás se les debía hablar de matrimonio porque se espantaban.

La frase no era novedosa, pues la mayoría de nosotras la hemos escuchado toda la vida. Y, sin embargo, me pareció tan diciente que me quedé pensando en ella…

Dice, por ejemplo, que las mujeres debemos aceptar que los hombres sientan miedo o rechazo al compromiso.

Dice que nosotras debemos esperar pacientemente a que ellos pierdan el miedo. ¿Acaso no son ellos los valientes?

Dice que las mujeres no debemos expresar lo que queremos, lo que sentimos o lo que pensamos respecto a nuestro plan de vida. Lo que nos obliga a adaptarnos a los planes de otros.

Dice que estar solas es una especie de desgracia, y que somos nosotras las “perdedoras” si un pendejo que no siente lo mismo por nosotras “huye” cuando le mencionamos la palabrita…

En fin, dice mucho. Y lo peor del caso es que, aunque quisiera decirles que se trata de falsas creencias, todo ello hace parte de la realidad social en la que vivimos. Es la verdad.

Un consuelo: es una verdad que solo nosotras podemos cambiar.

Dilema 2

Un segundo dilema, muy ligado al anterior, fue el de entender que mis razones para querer casarme no representaban en lo absoluto la funesta creencia de que la plenitud de la vida de una mujer ocurre cuando “consigue marido”.

No me engaño, y sé que algo de eso está aún inserto en mi chip mental, pero más allá de la historia de Cenicienta, u otras tantas, decidir compartir la vida con alguien es creer en el amor, y eso no está mal.

Tengo 35 años, ya casi 36, no quiero ser mamá, no tengo apegos y mi mejor amiga soy yo. He vivido lo suficiente para saber que todo se agota, cambia o muere… y lo suficientemente poco para querer agotar, cambiar y/o morir.

Encontré a alguien a quien quiero seguir y quiero que me siga. Es todo. Y no esta mal.

Dilema 3

Un último dilema, del que me gustaría hablarles, vino durante la preparación del evento.

¿Me visto de blanco?, ¿me pongo velo?, ¿que mi padre me entregue en el altar?… Como en todo, había costumbres o ritos con los que no me sentía cómoda.

Desde enviar invitaciones marcadas con el nombre del hombre y al lado un simple “y señora”, o entrar en la iglesia junto a mi padre y sin mi madre (como si las mujeres fuéramos una especie de pertenencia que se pasa de hombre padre a hombre esposo), hasta lanzar el ramo a ver qué soltera resulta “afortunada” según el azar… tradiciones que, aunque me digan que hilo muy delgado, siempre he cuestionado.

Bien, a pesar de la resistencia de algunos, yo creo que todo en la vida, incluso lo tradicional, es susceptible de ser modificado.

Aunque sí me casé de blanco, con velo (y no por pureza, sino por gusto), mi matrimonio no tuvo el orden común de las cosas. Dijo el fotógrafo que fue “poco usual” porque mi ahora esposo y yo nos vimos antes de entrar a la capilla y nos tomamos unas fotos con la familia antes de la ceremonia y no después, como usualmente ocurre.

‘Son tonterías’, pensarán algunos sobre mis caprichos. ‘Son tonterías’, pienso yo también sobre quienes necesitan seguir esquemas. El matrimonio, en sí, es una especie de esquema… sí. Y la idea de abolirlo puede llegar a serlo también… ¿o no?

Y, en todo caso, no está mal… no está mal.

Photo by Vino Li on Unsplash

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