colaboracionesUn brindis por...Vital

El miedo a sentir miedo

En estas vacaciones de verano tuve mucho tiempo para reflexionar sobre muchas cosas, pero creo que el tema predominante fue “el miedo”. Tuvimos un verano bonito, pero definitivamente, cuando se está criando niños, los retos poco paran, y al hacer un balance de cómo fueron las cosas, la respuesta puede ser algo ambigua.

Desde un tiempo para acá, uno de mis hijos ha tenido una cierta obsesión con el clima. Pregunta constantemente si va a llover; mira siempre por la ventana a ver cómo está el cielo, y hasta acosa a la pobre Alexa para que le diga, hora a hora, como va a estar el clima del día.

Durante las vacaciones nos dimos cuenta de que, en realidad, todo esto responde a un miedo repentino a las tormentas.

Tengo que aclarar que mis hijos de seis años -son gemelos-, no obligatoriamente nos han acostumbrado a una crianza común. Ellos son, más bien, como dos señores mayores en los cuerpos de dos niños pequeños; a veces me hacen pensar en los dos viejitos del Show de los Muppets que se sentaban en el balcón del teatro a burlarse de los protagonistas de la función. Tal cual.

Dicho esto, sus miedos infantiles no han sido típicos, por decirlo así, y, por más de que hasta ahora solo tengan seis años, aún no ha habido miedos a la oscuridad, o monstruos en el closet (ahora bien, si hubieran visto la ropa en mi closet, en los años noventa, definitivamente sí se hubieran asustado con lo que había ahí, pero eso es harina de otro costal).

Volviendo al miedo a las tormentas, y sin tener nada claro sobre de donde nació este temor, nuestra decisión de irnos por carretera desde Washington D.C., donde vivimos, hasta Miami, en plena época de tormentas tropicales, no fue del todo acertada; o al menos, eso pensamos en el momento.

Poco o nada sabíamos de que, a las malas, íbamos a tener que lidiar con este “tema” familiar, y de que nos estábamos adentrando en la boca del lobo llevando a nuestro hijo a la Florida en plena temporada de tormentas y huracanes. Aun así, lo hicimos, y creo que en general fue positivo, porque tanta exposición a este tipo de clima lo calmó y le hizo ver que la lluvia, al final del día, solo es agua.

De cualquier forma, toda esta experiencia me llevó a pensar mucho en el tema general del miedo, pero, sobre todo, en el miedo -literal- que nos produce sentir miedo; dando gran valor a esta redundancia.

El miedo ha venido salvándonos la vida a muchos animales de la tierra, desde el comienzo de esta. Ante una amenaza física, el sistema límbico del hombre prehistórico desencadenaba inmediatamente una respuesta de “lucha o huida”[1] en el organismo, lo que hacía que se salvara de ser devorado por depredadores. Esta reacción es reconocida como la primera etapa de un síndrome de adaptación general, que regula las respuestas de estrés de casi todos los animales vertebrados, entre otros. Esa dinámica prevalece aun en nuestros cerebros, con la gran diferencia de que los depredadores modernos tienden a sentarse en oficinas y a tomar café por las mañanas.

Existen muchos enfoques sobre el miedo; el enfoque psicológico, el neurológico, el biológico, entre muchos otros. Preguntas históricas sobre si el miedo es heredado o aprendido han llenado las páginas de cientos de libros, pero, la verdad, este artículo no pretende ahondar sobre estos temas, sino sobre algo más banal: ¿Por qué le tenemos tanto miedo al miedo?

En uno de los ataques de pánico de mis hijos, durante nuestro recorrido en la carretera, algo en mí se despertó y, la verdad, me volví a sentir como una niña de seis años, asustada por una tormenta.

Ha sido tan difícil de digerir esta situación que, aun, ya de regreso en casa, las veces que ha llovido en los últimos días, gracias a los rezagos de las tormentas tropicales Fred y Henri, me he sentido incomoda y ansiosa, y hasta he tenido problemas para dormir.

¿Será verdad que uno revive la vida -con lo bueno y con lo malo- cuando tiene hijos? Dicen los expertos en el tema que el cerebro es capaz de rescatar los temores y las sensaciones que surgieron en una primera instancia de la vida y que, en este caso, los recuerdos grabados “a fuego”, con miedo, no se olvidan. Es un mecanismo evolutivo de supervivencia.

Seguramente, alguna vez en la vida tuve entonces que tener algún miedo del estilo del de mi hijo y ahora, al parecer, lo estoy reviviendo. Definitivamente, y como me lo recordó mi amiga y ahora socia, María Adelaida, hay algunas heridas que, por pequeñas que sean, al parecer nunca dejan de sangrar.

Según el diccionario de la Real Lengua Española (RAE), la palabra miedo viene del latín metus[2], que tiene un significado análogo y que, como toda emoción, admite graduación. Esta palabra tiene dos significados:  1. m. Angustia por un riesgo o daño real o imaginario; 2. m. Recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea. Este segundo significado, me dio una pista para responder a mi pregunta sobre nuestra aversión al miedo: ¿Será que nuestro miedo a sentir miedo, se deberá entonces a un tema de no querer romper nuestras expectativas?

Recuerdo que, hace mucho tiempo, mi padre tenía una novela -de la cual tristemente se me escapa el nombre- que contaba la historia de una pareja que con mucho esfuerzo logró conseguir un apartamento a principios de 1986, en la ciudad de Prypiat, en el norte de Ucrania, antigua Unión Soviética. Toda la ilusión, y los ahorros de la pareja se encontraron invertidos en ese apartamento cuando, un par de meses después, sucedió lo que todos sabemos que pasó en la planta nuclear de Chernóbil. La pareja, aun a sabiendas de las consecuencias fisiológicas que podrían sucederles -ninguno de los dos era ajeno al conocimiento científico-, decidió quedarse ahí todo el tiempo que pudo, todo por ese miedo a romper sus expectativas (en este caso, expectativas de vida).

Esta era, a mis ojos, una historia de amor, más no de miedo: Era mejor vivir juntos, en la casa de su sueños, por el tiempo que fuera, y en las condiciones que fuera, con tal de no tener que dejarlo todo abandonado. Cosa que eventualmente pasó.  

Todo esto solo nos reitera que el dicho “saber es la mitad de la batalla”, es una mentira como un templo. Por cierto, a esta frase se le conoce como La Falacia de G.I. Joe; muchos de ustedes no deben saber a lo que me refiero con esto, pero mis lector@s cuarentones, que vieron dibujitos animados los sábados por la mañana, sentados en el suelo de las habitaciones de sus papás mientras estos aun dormían, seguro se sentirán intrigad@s. Googleen, amig@s.

A veces, con tal de no romper nuestras ilusiones, bailamos con el miedo, le ponemos un traje bonito y lo dejamos entrar a nuestra sala como invitado de honor, solo para evitar un golpe de miedo fulminante y gustosos de aceptar mejor un pago a cuotas. ¿Será eso tan malo?

Vivir con miedo

Durante las dos semanas de vacaciones, mi retórica para calmar a mi hijo durante una tormenta cambió radicalmente.

El primer día, mientras que pasábamos por Carolina del Norte, en donde parece que el cielo se rompe en dos todos los días de verano, solo me encontraba repitiéndole: “no llores amor, no es nada, no pasa nada, no hay porqué sentir miedo”, siempre llevada a pasar la página con rapidez, a resolver, a dejar de transitar por esos callejones oscuros por los que nos arrastra el miedo.

Luego de llegar a Miami, en donde llovió todos los días a ratitos -y luego de pasar partes de mis noches en vela preocupada por la siguiente tormenta, ya cansada-, me decidí por aceptar. Fue entonces cuando comencé a explicarle a mi hijo que, efectivamente, lo que estaba sintiendo era miedo y que, en realidad, no podíamos hacer nada más sino dejarlo pasar, así como a la tormenta misma.

Comenzamos a respirar juntos y, después de un par de días, él mismo comenzó a repetirse, así como a su hermano y a sus primos, que “la lluvia era solo agua” y que, al fin y al cabo, estábamos en la Florida, “donde llueve de a poquitos todos los días”.

Ahí creo que fue cuando recordé que la única solución para dejar de tenerle tanto miedo al miedo es dejarlo fluir: Aceptarlo como viene; ponerle nombre, si hace falta, de modo que podamos reconocerlo cuando regrese.

Dicho esto, dejar fluir nunca ha sido “lo mío”, porque, de nuevo, siempre tengo esa prisa por resolver, por salir de ahí -por sobrevivir al final de cuentas- y este episodio solo me recuerda que es una tarea que he tenido pendiente durante mucho tiempo.

Un proverbio japonés dice que “el miedo es tan profundo como la mente le permite” y creo que es absolutamente cierto. El aceptar el miedo no es vivir en miedo, sino solo aceptar que existe, darle su espacio, pero recordando nunca ofrecerle la mejor silla de la sala.

Tú eres el/la porter@ de tu mundo interno; tú decides que con qué ocupas tu mente; tú decides dónde pones tu consciencia y, con esto, se abre el mundo a algo más grande que nosotros, a nuestra intuición y a nuestra conexión con leyes espirituales que nos hacen crecer y ser mejores.

Siendo todo lo romántica que soy, quiero creer que este capítulo de los temores de mi hijo me está queriendo decir algo más, algo más grande, algo para lo que, espero, el Universo, Dios -o como cada un@ de ustedes quiera llamarle-, me está preparando; ya veremos. Por lo pronto, seguiré transitando por esos callejones oscuros por los que me lleve esta emoción. Ahora lo haré más consciente y con aguda percepción, sabiendo que hay cosas por las que tenemos que pasar que no se pueden apurar, ya que el tiempo que pasemos allí seguramente nos va a llenar de claridad y de herramientas para guiar a nuestra manada más adelante en la vida, cuando las tormentas sean otras.        


[1] Varias referencias dicen que la primera vez que se usó este término, fue en 1914 en The American Journal of Physiology, pero esto no es del todo claro.

[2] REAL ACADEMIA ESPAÑOLA: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., [versión 23.4 en línea]. <https://dle.rae.es> [agosto 20, 2021].

Photo by J W on Unsplash

Newsletter
Sé una de las primeras

Regístrate en nuestro newsletter para que siempre estés enterada de nuestras novedades.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *