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El mindfulness: el único hábito que debemos tener

Nadie puede negar que las ciudades caóticas tienen una magia especial. Así me pasó con Londres, una ciudad maravillosa, llena de vida y energía.
Allí, muchos llegan a ser grandes, a triunfar y aprender de las experiencias en la caótica, gris, pero siempre viva ciudad. Ese fue mi caso, pero luego de algunos meses empecé a sentir el desgaste físico y mental que genera la adrenalina constante, el saber que se están viviendo momentos únicos e irrepetibles y que, sentirse cansado o decirle a algún plan que no, puede ser hasta pecado porque en uno o dos años ya no estarás ahí.
Cuando se está de paso, está el deseo perturbador de querer vivirlo todo, y no hay espacio para la monotonía, pero es tan abrumador el deseo de vivirlo todo que irónicamente se empieza a dejar de estar presente y comienza “el miedo de perderte de algo”.
De vuelta a Colombia, y sin esa sensación de aventura, la rutina y caer en ella son de mis grandes temores, con los que converso a diario para convencerlos de que me dejen en paz.
Trato de encararlos para aceptarlos como míos, con la esperanza de poder verlos como aliados y no como frustraciones. Sí, soy alguien para quien, estar más de tres años en un trabajo, o vivir más de cinco años en un país, es una locura llena de aburrimiento y hasta una pésima calificación en el libro de la vida.
Aun así, la vida, sabiamente, me tiene hace más de cinco años en un mismo lugar y por eso he empezado a reconciliarme con el hábito -y probablemente la única estabilidad quiero-: el de estar presente.
Fue en una granja, en la ruralidad del Reino Unido, a la que llegué en tren y con Google Maps, en donde sembré y ví nacer ese hábito. Allí en un retiro de silencio dizque de Mindfulness, mucha comida vegana y cultivos, conocí a ocho personas que nunca había visto, de distintas edades.
La casa fue poesía pura. Llena de animales, hermosas casitas de madera y mucha paz.
Si bien es cierto que Londres es maravilloso, poder estar sin distracciones y apreciar cada sonido, nunca ha tenido comparación desde ese retiro de silencio y consciencia.
En ese lugar, un monje budista, quien fue mi guía, me mostró cómo el silencio y la presencia son la clave para curar la ansiedad y la tristeza.
El Mindfulness es estar en consciencia plena, la cual es posible cultivar a partir de prestar atención cada segundo y de manera constante, apoyándose en la respiración. “Lo principal es dedicarse solo a observar”, dice el Doctor Jon Kabbat – Zinn, uno de los pioneros del Mindfulness en el hemisferio occidental y fundador del Programa de Reducción del estrés, basado en la presencia plena (Mindfulness), que, en 1979 y durante dos años, recorrió varios lugares del mundo con el fin de recopilar distintas prácticas ofrecidas por las religiones para poder vivir con una mente tranquila.
Aunque el Mindfulness tiene una gran base en el budismo, no hay que raparse la cabeza, ni ir al Tíbet, y mucho menos irse al retiro de silencio al que yo fui a recoger los tomates para el almuerzo sin hablar con nadie, para practicarlo.
Mindfulness (la presencia plena) es una herramienta que, con la práctica constante, permite enriquecer el disfrute de cada segundo de la experiencia humana. De hecho, estudios serios sobre el manejo del estrés indican que las actividades para desarrollar plena presencia permiten incremental la energía cerebral positiva disminuyendo síntomas de depresión, ataques de pánico y esquizofrenia.
Esta es una práctica que permite saborear cada segundo sin afán y, si nos detenemos a pensar objetivamente, es uno de los mejores regalos que tenemos, pero que no reconocemos como importantes.
Siempre ocupados, corriendo y queriendo algo de los demás, así escuchemos la conversación con el otro, es probable que queramos que termine de hablar para poder decir algo también, buscando reconocimiento y amor afuera. Pero el amor verdadero, según el maestro Thích Nhất Hạnh (monje budista zen vietnamita y activista de la paz), es poder estar presente para sí mismo primero, en plena presencia (sin pensar en nada más, nada).
Por eso, la conciencia plena es el único hábito que trato de nutrir, y espero que ustedes lo consideren también.
Para esto es importante empezar por lo menos siete minutos de las doce horas de actividad para concentrarse en ser consciente de actividades cotidianas como lavarse los dientes, comer o tomar una ducha. Otra manera de empezar a estar en el ahora es sentarse siete minutos contabilizados por reloj, observarse y ver como este maravilloso cuerpo respira sin pedir permiso, sin esperar nada a cambio.
Mi recomendación es que busquen un lugar cómodo, donde nada ni nadie las perturbe y puedan, por esos minutos, cerrar sus ojos. Sentadas o como les parezca más cómodo, hagan una respiración profunda por la nariz y traten de sentir el recorrido del aire dentro de su cuerpo.
Si prefieren algo más sencillo (no les voy a dar el camino al paraíso ni mucho menos), busquen un lugar para almorzar en donde no haya mucha gente y tengan que conversar poco, disfruten su comida realmente, piensen que es la primera vez que tienen ese alimento delante suyo, observen sus colores, sus formas, y traten de percibir el olor, el color y tamaño. Luego, al ingerirla, busquen sentir su textura, peso, cantidad… pero vayan más allá y traten de escuchar el sonido que realizan sus bocas al masticar, y como su energía cambia al recibir alimento.
Entiendo que debe ser difícil estar así de atenta a la vida, pero no hay otro momento para verdaderamente considerar esos pequeños milagros que suceden y que pasan como insignificantes cuando en el fondo lo son todo.
Por último, quiero decirles que, en este caso, la práctica no solamente hace al maestro, si no que disminuye el estrés y los problemas digestivos, incrementa la creatividad, elimina la reactividad, y promueve la neuro plasticidad (habilidad del cerebro para cambiar funcional y estructuralmente).
Créanme que, si este se vuelve un hábito (ojalá el único), les estaré ahorrando un retiro de dos semanas de silencio, la comida vegana y al monje calvo, y por otro lado, estarán obteniendo la llave que todas tenemos para romper las cerraduras del tiempo y su dictadura.

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