Hablemos de...Mínima

Las presiones sociales en las relaciones contemporáneas

He tenido días de silencio, mucho descanso, encuentros maravillosos… Me sentía en quietud para escribir -o sea no quería escribir-.

Pero entonces, en diferentes oportunidades -en especial en los últimos meses-, he identificado con mucho más detalle, el afán de los demás por hacer planes con la vida de los otros, especialmente con la vida de las mujeres, y sentí una inmensa necesidad de hablar sobre ello.

Vamos un poco atrás. En los tiempos de mis abuelas, incluso en el de mi madre y mis tías, tener una familia, casarse, tener un hijo, luego «la parejita» y así sucesivamente, era una normalidad a los 20 años.

Esa normalidad se ha ido modificando, como en cualquier otro proceso del ser humano. Hoy, algunos la adoptan, otros la omiten y crean una nueva, y al fin y al cabo está bien… Todas, absolutamente todas estas decisiones están bien.

Recuerdo que en mi época de teenager constantemente me estaban repitiendo el riesgo de quedar embarazada: «no pienses en novios”, “aún estas muy nena”, “no es el tiempo”, “¡pilas quedas embarazada!”, etc. Más tarde, a los 25, después de un par de relaciones fallidas (relaciones de niños les llamo yo), preguntas constantes como: ¿y el novio? ¿no tienes novio? ¿y eso por qué? ¿pero si ya terminaste la carrera, ya estudiaste por fuera, no crees que es hora de construir con alguien? ¿viste que tu amiga tuvo bebé? ¿y tú para cuándo?, ¿o sea que no me vas a hacer abuela/o? (esta es una clásica), o ¿eres lesbiana? Es que jamás te hemos conocido un novio (…).

Y yo, en medio de una inmadurez eterna (esa que abrazo y cuido que no se vaya por miles de razones), solo agachaba la cabeza para seguir, casi con pena por no estar cumpliendo las expectativas de la sociedad, pero sobre todo de quienes me rodeaban. Me cuestioné muchas veces, pensé que de verdad era yo la que estaba mal, pero claro, ‘si vas pa´ los 30 y ni novio tienes, «¡vaya mierda!»’

Entonces llegan los 30, esa época de la vida en la que yo creía de pequeña, que sería una «super adulta», que quizá tendría una familia o por lo menos iba a estar casada, y no… Por el contrario, a mis 30 llegué con una crisis emocional, el inicio del final de otra relación fallida (también de niños), y lo que no me había pillado era que mi crisis emocional no era por romper esa relación, sino por no haberme casado -como muchos anhelaban-, por no haber cumplido las expectativas de los demás, en los tiempos de los demás, por no haber «conservado» mi relación… Pero ahí sí, como dice Drexler, «uno solo conserva lo que no amarra» y yo sí que estaba amarrada a mil cosas sin saberlo, ¡que va! sin aceptarlo.

El problema fue que me amarré a lo que veía y quería el resto: me amarré a un futuro con alguien que los demás veían bien pero yo no, me amarré a las faltas que tenía conmigo misma por «corresponder», y así, podría seguir nombrando los múltiples amarres innecesarios que viví por cumplirle al resto, a esos mismos de las preguntas a mis 25 y ahora a mis treintas.

Hoy, que miro hacia atrás, solo puedo abrazarme y tener compasión por ese mal rato que me hice pasar y que muchas personas -en su inmensa imprudencia- me hicieron pasar, por estar esperando que yo cumpliera lo que quizá ellos no se cumplieron a sí mismos.

A mis 33 -casi 34- años de no estar casada, no tener hijos (y no tener planes de tener nada de eso en un futuro cercano), mi “no” retumba cada vez más en los oídos de quienes han querido escuchar desde hace casi una década lo contrario.

Las miradas y susurros de que «me dejó el tren» crecen sin parar, el desvelo por mi futuro familiar y ese mito de que «me voy quedar sola en la vida», es la preocupación de muchos de quienes me rodean y aún de los que no me rodean. Mi respuesta casi siempre es la misma: “mi única preocupación ahora mismo es tener un Play 5, irme a vivir al frente de una playa y tener una tabla de surf increíble (ahora que a mis 33 años no tengo hijos, pero tengo una nueva afición, que eso para mí es como un hijo…)”. Cada vez que lo digo es como una patada al hígado de muchos que solo quieren escuchar : «quiero un hijo».

Hace poco alguien me dijo: “¿No crees que si tantas personas a tu al rededor te lo están diciendo es porque es el tiempo, es porque realmente es lo normal?”

Hoy le respondo a todas aquellas personas que siguen creyendo que hay una edad específica para hacer familia y construir, y que si no es esa, ya no fue: No, no creo que sea normal que por tener más de 30 años deba apresurarme y casarme. No, no creo que por tener más de 30 deba pensar en que mi cuerpo está envejeciendo y que si no tomo la decisión de tener hijos ya, seré una madre vieja, o peor aún, una mujer que morirá en soledad. No, no creo que pensar en seguir viajando, no tener deudas y no tener como prioridad un trabajo 24-7 para vivir de lo material, me haga una persona insensata que no piensa en el futuro de los hijos, esos mismos que me piden a gritos y que yo aún no veo ni en las curvas.

La normalidad debería ser vivir en armonía, como cada quien quiera vivir, debería ser acompañar procesos de enfermedades mentales creadas por falsas normalidades que nos llevan a un punto de quiebre inaguantable. Normalidad debería ser que no casarse o no tener hijos, no sea tema de conversación en cada reunión con amigos o familia. Normalidad debería ser que casarse y no tener hijos no sea sinónimo de constantes preguntas imprudentes… Normalidad debería ser que casarse o querer tener hijos después de los 30 o los 40, sea lo mismo que tomar la decisión a los 20…

Normalidad debería ser estar “in your own business” para dejar de estar poniendo fechas de caducidad y falsas expectativas en la vida de los demás. Y esto lo digo porque cada vez que pienso en esas personas que preguntan insistentemente ese tipo de cosas, jamás han acompañado su preocupación con una sugerencia de los pro y los contras de asumir un matrimonio o una familia, y me pregunto si ellos lo saben o se lo habrán preguntado.

Por el contrario, nadie habla de que solo en Colombia hay 12,3 millones de mujeres cabezas de familia -o sea de relaciones fallidas en su mayoría-. Nadie habla de lo importante que es tener un cuerpo sano, una mente sana y un conocimiento espiritual que permita un mínimo de sabiduría para sobrellevar las diferentes pruebas en una relación. Nadie habla de las ausencias en los hogares, de las crisis económicas y cómo enfrentarlas, nadie habla de la depresión posparto y de la que se sufre después de un abandono o una ausencia, nadie habla de la ansiedad que puede generar una relación, nadie habla de las infidelidades y de cómo podemos ser mejores seres humanos para no dañar al otro…

Sigo escuchando vagamente esa frase mal aprendida de: «el niño viene con el pan debajo del brazo». Y no, la realidad no es esa y esa es la normalidad de la que deberíamos hablar.

Hace poco, leyendo a María Andrea Álvarez, colaboradora de La Dosis XX, noté una afirmación de su último artículo, «Los lenguajes del amor», que me parece importante volver a resaltar, porque de eso tampoco se habla, ella dice:

«La verdad es que se necesita creatividad en el amor y en la convivencia, sobre todo en las mañanas frías, cuando nos levantamos con los pelos parados, cuando nuestras ojeras no solo muestran el pasar del tiempo sino de las pruebas diarias, y, sobre todo, cuando nuestras ideas individuales nos llevan a parajes tan oscuros como lejanos del ser con el que convivimos».

Por todo lo anterior, solo les puedo pedir -con mucho amor y desde el fondo de mi corazón-: respeten la intimidad y los tiempos de los demás, respeten las decisiones y guarden silencio ante opiniones que NO han sido pedidas, abracen la confianza de quienes comparten la vida con ustedes y los han convertido o los mantienen como familia, valoren a las personas como se merecen, sin poner en tela de juicio sus decisiones ni su vida personal.

Gracias a quienes han acompañado mi proceso, a quienes, casados, con hijos, sin hijos, solteros y solteras, y hasta divorciados, me recuerdan que no hay afán. Gracias a mis amigos y amigas que, al igual que yo, están en búsqueda de consolas de juego, tardes de Rummi Q o arrunches eternos los domingos en la mañana…

Pero sobre todo, gracias a mi intuición por no acceder a peticiones y expectativas ajenas, por parar cada vez que ha sido necesario hacerlo, por mi «rebeldía» al llevar la contraria, por mi posición firme e inamovible; pero, sobre todo, porque a pesar de tantas faltas, imprudencias conmigo misma y malos ratos, estoy más dispuesta que nunca a amar, amar con locura hasta que me den las ganas, pero sobre todo, a amar a conciencia; para que el día que yo, como ser individual decida casarme, (porque quiero casarme), este lista, con ganas, con madurez, con sabiduría, con un amor sano, sin pretenciones.

Siempre serán buenos tiempos para construir, ¡no hay afán!

Thanks to Sacha Verheij on unsplash

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