Un brindis por...Vital

Restructurar nuestras creencias sobre el sufrimiento, es un superpoder

Quiero comenzar aclarando que no soy médica, ni psiquiatra, ni psicóloga, y que este artículo no dice nada en relación con los innumerables casos de depresión clínica que afectan a millones de personas en el mundo, y a sus seres queridos. Para todas las personas luchando con esta enfermedad, toda mi admiración y corazón.

Como cultura, vivimos obsesionados con “la felicidad”. Desde el famoso “happy face” diseñado por Harvey Ball en los años sesenta; pasando por el “happy meal” de McDonalds, llegando hasta el enorme y lucrativo negocio de la búsqueda de la felicidad, del cual tengo que aceptar, soy usufructuaria.

Innumerables encuestas se han hecho en todos los países del mundo, para conocer el nivel de felicidad de sus habitantes. Los colombianos nos jactamos de ser los humanos más felices de la tierra, según la Red Independiente Mundial/Asociación Internacional de Gallup (WIN/GIA).

Según un estudio del Pew Research Center, 85% de los estadounidenses se considera feliz o muy feliz.

Vamos, que, en nuestra cultura lo triste apesta, y lo feliz es lo que vale. Pero, si vemos todo lo amplio del espectro de las emociones -positivas y negativas-, si es así de válida la felicidad, ¿no debería ser tan válida la tristeza o la melancolía?

En 1913, al ir viajando en tren, luego de estar pasando por un momento personal y profesional preocupante, Carl Gustav Jung tuvo una terrible visión. Pudo “ver” como un mar de sangre cubría todo el norte de Europa. Esta visión, y una serie de pesadillas, le hicieron creer que estaba siendo afectado por una serie psicosis. Por esa misma época, Jung tuvo un sueño que le recordó cómo le había hecho sentir el jugar con bloques de construcción cuando era niño, y cómo el juego creativo era útil cuando las penas de la infancia entraban a ser protagonistas de la vida. Siguiendo esto anterior, Jung, que tenía 38 años en ese momento, comenzó a jugar con bloques de construcción nuevamente -de adulto-, y este pasatiempo le proporcionó espacio creativo en su cerebro, lo que le permitió escribir con más detalle sobre esas visiones con las que estaba atormentado.

El material psicológico que surgió de este trabajo formó la base de su teoría del inconsciente colectivo, así como otras características centrales de su labor durante los siguientes cuarenta años.

Al llegar a la vejez, Jung escribió que “los años en que comencé a perseguir esas visiones internas y oscuras llenas de angustia y ansiedad, fueron los mas importantes de mi vida”, y generaron la materia prima para lo que sería su legado.

Si Jung hubiera tenido que pasar por ese episodio psicológico, en nuestros días, es probable que hubiera sido diagnosticado con depresión, y hubiera sido prescrito alguno de los tantos antidepresivos que abundan en el mercado.

El tema es que, dado que él no tenia acceso a esta alternativa -ojo, no estoy juzgando ya que creo que esas medicinas en muchos casos de personas con depresiones clínicas y otros trastornos, salvan vidas- Jung tomó otra ruta, y fue la de descender por los bajos caminos del infierno de sus estados emocionales depresivos y ver qué sacaba de ahí.

Esto es lo que quiero destacar en este artículo. Será que ¿existe la posibilidad de que en algunos trastornos del estado de ánimo pueda haber un lado positivo que represente una «fuerza interna oculta» que nos ayude a ver más allá de una emoción?

En el espectro de los desordenes del estado de ánimo, hay variación y graduación. De nuevo, haciendo la aclaración de que no soy médica, psiquiatra, ni psicóloga, entiendo que del lado más severo nos encontramos con depresión psicótica, distimia, y bipolarismo (entre muchas otras cosas), y, del otro lado, nos encontramos con unos desordenes de temperamento y condiciones médicas, menos severas, que, aun así, dan luz a un sinfín de emociones humanas de “baja frecuencia”.

Lo que sí me queda claro es que, en nuestra sociedad actual, hemos hecho un evidente esfuerzo por etiquetar estas últimas, así como a sus portador@s, relacionándolas casi de forma inmediata con la negatividad, la incapacidad y la inhabilitación.

Dicho eso, es curioso que muchas otras culturas, tengan una forma totalmente distinta de ver estos males que aquejan a nuestra alma. Por ejemplo, según la antropóloga Terry O’Nell , 75% de una comunidad de norte americanos nativos de British Columbia, Washington y Oregón, se identifican como personas con depresión. Lo interesante, es que estas personas, en vez de ser etiquetadas negativamente por “su condición», lo que han hecho es integrar esta experiencia a su identidad personal.

Para comenzar me encanta que lo vean así, como una experiencia y NO como una condición. Esta comunidad cree firmemente que la depresión de la que padecen estos miembros de su colectivo les da la capacidad de ser más tolerantes y más compasivos con los demás, lo que los hace ser miembros objetivos y hasta sabios para su comunidad.

Un poco lo mismo pasa en Sri Lanka donde ciertos Budistas ven los síntomas de la depresión (la desesperanza, la falta de sentido y la melancolía), como parte de una filosofía aceptada de vida, y no como un desorden de emociones.

En la antigüedad, estar deprimido era llamado, estar “en Saturno”, y cualquier astrólogo que me esté leyendo, entenderá claramente porqué.

El psicólogo Thomas Moore, en su libro -que amo con el alma- “Care of the Soul”, dice lo siguiente: (…) ”la melancolía y la tristeza son parte fundamental de la condición humana, y le dan a nuestra alma la oportunidad de explorar un lado de su naturaleza que es tan sabio como cualquier otro, pero que se encuentra oculto dado a nuestro rechazo por su oscuridad.”

Durante la Edad Media, sistemas como la alquimia y la astrología eran retratos de la personalidad y mapas de transformación espiritual como intentos tempranos de investigación científica. Saturno, en astrología, era conocido como el «hombre viejo», el planeta del tiempo y la experiencia, y efectivamente, muchas veces luego de pasar por un episodio de tristeza y depresión, así nos sentimos, más viejos, pero también, más sabios.

Definitivamente, todos le tenemos miedo al sufrimiento. Evitamos sentir demasiado para no incomodarnos demasiado, pero la verdad es que en algún punto de nuestras vidas vamos a tener que considerar dejar de darle la espalda a estas emociones grises, ya que como dice la Dra. Susan David Ph.D, quien ha dedicado su vida a estudiar la depresión, “la incomodidad que muchas veces acompaña estos momentos difíciles, es el precio de admisión a una vida significativa”.

Si nos ponemos a pensar, nada en la vida viene sin tener que pasar y superar esas emociones difíciles; ni las relaciones de pareja, ni la realización de arduos estudios, ni el trabajo, ni vivir en familia…nada.

En ese contexto, es importante que, en vez de huir de esas emociones negativas y difíciles de lidiar, nos enfoquemos en fortalecer nuestra capacidad de convivir con ellas, al menos por un tiempo, y escucharlas a ver qué es lo que nos tienen que decir.

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