EditorialMínimaUn pulso entre

Lo que vemos, y lo que debemos ver

Colombia, un país en conflicto social

Hablar sobre la situación por la que atraviesa Colombia por estos días es un reto para cualquier persona que, como nosotras, es defensora y creyente de un país en paz. ¿La razón? En una coyuntura como esta, en la que todos tienen un poco razón y otro poco de pasión -en su gran mayoría nubladas éstas por la falta de empatía hacia quienes piensan distinto-, difícilmente vamos a salir bien libradas, y quizá es por ello que muchas hemos tratado de mantener nuestros contenidos lejos del acontecer social.

Decía nuestra querida amiga y colaboradora -experta internacionalista- Luisa Fernanda Gallo, que a los colombianos nos ha hecho falta escucharnos; Escucharnos, así de simple… Y sin duda, como ella misma lo llamó, ese sería un acto revolucionario ante un momento de caos y confusión como el que estamos viviendo.

He decidido, sin embargo, echarme al agua. Entre otras cosas porque, para escucharnos, necesitamos entender que dentro de la utópica «igualdad» que debería cobijarnos como seres humanos, habitantes de un Estado democrático, todos pensamos diferente y nuestros pensamientos deben ser igual de válidos (porque todos están formados por una experiencia de vida distinta, pero real). Para eso, necesitamos decir lo que pensamos y por qué lo pensamos.

Es así como empiezo por decirles que yo también soy culpable de juzgar, en innumerables ocasiones y en todos los escenarios, y que soy esa que pregunta sobre la filiación política de la gente enseguida del nombre y antes que la ocupación… Esa soy yo. Y sí, cuando me responden que son de esa tendencia que no me gusta, inmediatamente viene a mi cabeza la idea de: «no tengo nada que hacer acá». Esa soy yo…

Así de cerrados somos, o estamos. Y me atrevo a hablar en plural porque es lo que he podido ver desde un espacio de abstracción que yo misma creé en mi vida durante estas semanas caóticas, con un objetivo quizá igual o más egoísta que el de muchos de esos a los que siempre he criticado por defender su ‘estatu quo’: el de evitar llenarme de energías y sentimientos negativos en momentos en que necesitaba atraer amor y optimismo.

He visto, sin ahondar en la crudeza de los episodios y en las heridas que quedan de cada día que pasa en medio de la violencia, que hay un ambiente generalizado de odio; de desconocimiento del otro como un interlocutor válido; de guerra. En suma, un nuevo fracaso del Estado.

Tristemente, mientras el gobierno pretende autoconvencerse -de forma conveniente- de que lo que está pasando es un ataque orquestado por el espíritu maligno del «castrochavismo», encarnado en Gustavo Petro, la población sigue dividiéndose entre quienes creen que las protestas y bloqueos son orquestados por «vagos marihuaneros» (tal cual lo he oído en varios escenarios) y quienes piensan que esos vagos marihuaneros tienen las agallas y la valentía de hacer lo que nadie se había atrevido: decir no más.

Al mismo tiempo, algunos se lamentan por el abuso policial -por los crímenes suficientemente documentados cometidos por uniformados contra civiles manifestantes-, mientras otros sólo quieren ver(convenientemente) la violencia ejercida en contra de la fuerza pública… ¿Cuál de los dos justificable? ¿Cuáles de ellos eligieron ser lo que son: policías, ex guerrilleros, jóvenes sin oportunidades… ? ¿Cuáles de ellos no tienen hoy una familia que los llora?

Decidí lanzarme al agua con este texto para expresar un dolor que quizá todos en este país tenemos hoy; algunos más involucrados e interesados en el conflicto que otros.

Yo, que he sido desde siempre una adicta al análisis político, esta vez he preferido guardar silencio y distancia; y -de nuevo-, aunque parezca egoísta, me alegra haberlo hecho.

Creo, sinceramente, que estamos ante un punto de inflexión de la historia de nuestro país. Un punto en el que tristemente no se vislumbra la ‘luz al final del túnel’.

En medio del mar de opiniones, de la pugnacidad y la piromanía, veo a una sociedad huérfana de líderes, dirigida por personas incapaces de despojarse del odio y la vanidad que los mueven. Veo también la necesidad de dejar de buscar villanos (a eso nos acostumbramos).

Creo, por el contrario, que es tiempo de que empecemos a entender que aquí todos somos corresponsables de nuestra realidad, de nuestro pasado y de nuestro presente, pero también de nuestro futuro.

Creo, queridas amigas de La Dosis XX, que es hora de asumir que no podemos seguir viendo el juego desde una pequeña y sesgada banca, que debemos hacer parte de él y que también está en nuestras manos balancear la cancha: reconstruir un país menos desigual, menos injusto.

Es hora de que nos permitamos pensar en las necesidades y urgencias de otros, en esos derechos y libertades que tanto exigimos, pero que a unos se les niegan y a otros se les brindan en exceso. Es hora de tomar conciencia del papel que jugamos como ciudadanas y del poder que tenemos para detener la espiral de pobreza en la que vive la mayor parte de nuestra población.

Aunque quizá no lo hayamos visto así, los ciudadanos somos responsables de lo que está ocurriendo. Por desinterés, por desidia, por desconocimiento… por razones que quizá nunca hemos contemplado, nosotros mismos hemos sido los artífices de nuestro destino. Se preguntarán ¿Cómo? ¿Cuándo? Y la respuesta es fácil: cuando hemos participado -o hemos dejado de hacerlo- en el desprestigiado espacio de la política.

Somos culpables de no entender el verdadero poder que tenemos, somos culpables de no leer, de no pensar en colectivo, de buscar beneficios personales en detrimento de las oportunidades de otros; somos culpables de no leer, de no tomar decisiones informadas, de actuar por modas y no a conciencia.

Esta es una simple invitación que de seguro no cambiará el país, pero quizá sea constructiva para quienes nos leen, porque, como dice mi ahora esposo: «una sola golondrina no hace verano»…. Tómenla o déjenla.

Un cunchito. Perdón, pero no puedo dejar de decir esto: ¡Ojo con el 2022! y ¡Para la mierda la senadora innombrable que cree que estamos llorando con uno, o con los que nos queden! ¡Ojo!

Photo by Lina Trochez on Unsplash

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