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Sobre las violencias contra la mujer y la vida real: una púrpura historia más

Ser víctima es algo que no me conmueve de mí misma, y eso es lo primero que quiero plantear como un precedente en este testimonio. No tengo problema en hablar del tema, y tampoco en aceptar que muchas veces las víctimas tenemos o desarrollamos un maldito síndrome psiquiátrico que nos lleva a querer estar con un victimario, pero, debo confesar que nunca imaginé o imaginaría haber estado en esa posición.
Mi caso ocurrió cuando yo tenía 21 o 22 años y hoy lo puedo contar públicamente, sin tanto miedo, gracias a que mi “chuki” está muerto – y vale aclarar que no murió por nada que tenga que ver conmigo, aunque llegué a desearle la muerte miles de veces-.
Digo que nunca imaginé estar en esa posición porque es común pensar que la violencia contra la mujer -especialmente esa que se da en razón del género- ocurre específicamente en ciertos sectores socioeconómicos o en poblaciones que tienen unas características y condiciones determinadas. La verdad, señores, es que la violencia contra la mujer no tiene estrato, aunque evidentemente incrementa su ocurrencia en ámbitos en que tenemos menores ingresos, así como barreras culturales, económicas y en el acceso a educación, entre otros factores.
Pues bien, todo ocurrió cuando, guiada por mi instinto de mujer joven, empoderada y con capacidad de discernimiento sobre mi vida, decidí terminar una relación con un hombre que, aunque sentía que amaba, tenía comportamientos demasiado posesivos hacia mí.
Recuerdo que esa noche, en mi apartamento, cuando le dije que ya no quería seguir la relación que teníamos, su reacción inmediata fue tratarme muy mal, utilizar palabras soeces e incluso agredirme físicamente. Sentí miedo e indignación, pero, sinceramente, entonces no sabía qué tan lejos sería capaz de llegar esa persona con quien yo había compartido una época de mi vida que hoy lamento.
El episodio quedó ahí y un par de días después salí de mi casa rumbo a una cita de trabajo. Al llegar al lugar al que me dirigía, tuve que caminar por vía pública un par de cuadras desde un parqueadero. En un punto de ese trayecto estaba él.
Nunca he olvidado su cara de demonio. Era la de una persona atormentada que ha perdido la conciencia y sólo puede hacer daño. Sus palabras, su forma de hablar y sus ojos, eran los de un criminal… un criminal que no tenía miedo de hacerme daño a plena luz del día en una calle cualquiera.
Ahí, contra una pared, quedé indefensa con una enorme mano que rodeaba mi cuello y otra que apretaba mis genitales, sobre mi pantalón. Ese hombre, al que yo le había dado toda mi confianza, me decía cosas horribles con su boca que estrujaba mi cara frente a los transeúntes, en una escena que, más allá de escandalosa, era humillante.
No sé cuánto tiempo duró eso, no mucho. En menos de nada, el que ahora era mi exnovio me había violentado, me había forcejeado, me había despojado de mi cartera y había salido a correr. Mi reacción fue correr en dirección opuesta, llegar a mi cita y pedir ayuda desde ahí. Lo único que tenía, por suerte, era mi celular, con el que llamé a mis padres para que fueran a recogerme y a ayudarme.
Yo estaba aterrada. Esperé el tiempo suficiente para calmar el llanto que no podía contener y el temblor de mis manos y mis piernas que evidenciaba lo ocurrido ante quienes me vieron esa mañana.
Junto a mis padres, que dejaron sus quehaceres diarios para ir en mi auxilio, decidimos acudir a la Fiscalía para denunciar lo ocurrido. Más allá de la situación de violencia -que, admito, no era capaz de contar del todo-, debíamos denunciar que, al llegar al parqueadero a buscar mi carro, este no estaba.
Ese día empezó un proceso judicial del que hablaré con la misma extensión de su efectividad, y no porque no haya sido tortuoso, revictimizador y largo, sino porque fue totalmente obsoleto; una vaina risible. Y, como si fuera poco, no evitó en lo más mínimo que el acoso y el terror continuara.
El carro apareció al día siguiente; me lo envió con quien era mi expareja, en quien yo me había refugiado teniendo en cuenta la situación. A él le juró estar arrepentido, más que de lo ocurrido, de haberse enamorado de mí. Sin embargo, esa misma noche me llamó a hostigarme y a decirme, como ya lo había hecho en las dos ocasiones anteriores, que yo era una “puta” que ‘solo merecía que los hombres me usaran y se burlaran de mí’.
Durante muchas semanas recibí cientos de llamadas de él; algunas, llevada por el desespero, las contestaba. Escuchaba todas las cosas que me decía, entre ellas, que ‘tuviera claro que a pesar de mis denuncias a él nada le iba a pasar porque él tenía “contactos” y que, al contrario, me iba a pesar haberme metido con alguien como él’.
Yo tomaba sus amenazas como las de un hombre herido -guache, sí, y horrible, pero la verdad nunca pensé que pudiera llegar a más-. De hecho, así como me atormentaba y me amenazaba durante horas enteras, por teléfono, con mensajes de voz, de texto, o con apariciones en los lugares que yo frecuentaba, había algunos escasos momentos de lucidez en los que me buscaba llorando, suplicando que lo perdonara, que no sabía lo que estaba haciendo y que no merecía vivir…
Yo, que realmente me negaba a pensar que aquel divertido y tierno hombre que había conocido meses atrás, con el que había tenido una relación amorosa, fuera en realidad un monstro, accedía a hablar con él constantemente, quizás con la esperanza de estar equivocada, o quizás llevada por ese síndrome maldito del que hablé al principio…
Sobre eso, hoy solo puedo decir que yo tampoco era una persona del todo sana y que, aunque ninguna mujer merece un hombre así, algunas dejamos que estos lleguen a nuestra vida y que permanezcan en ella aunque los signos de alerta estén latentes.
Fueron meses de este drama en el que había etapas de miedo, etapas de desesperación, etapas de tristeza y, también, etapas de confusión.
Entre los muchos episodios que podría contar, recuerdo tres que debo mencionar solo para darle una dimensión a mi historia; El primero ocurrió un día que mi madre recibió una carta escrita por este personaje, en la que le hablaba de nuestra vida íntima y sexual y, entre otras muchas cosas, le decía que yo lo había contagiado de una enfermedad venérea (cosa que, no sobra decir, era falsa).
La segunda ocurrió cuando, durante un viaje de trabajo que hice a Cali, sentada en una mesa de un restaurante que daba hacia una ventana exterior, recibí varios mensajes de texto de un número desconocido en los que me describían exactamente cómo estaba vestida yo y cómo estaban vestidas mis acompañantes y, acto seguido, me amenazaban de muerte usando el mismo discurso de intimidación que ya era de fácil reconocimiento.
La tercera -y quizás la más grave- ocurrió cuando, al llegar a otra supuesta cita de trabajo a la que me había citado por teléfono una mujer de voz desconocida para mí -haciéndose pasar por alguien de renombre en el medio en el que yo trabajaba-, encontré, en la puerta de una oficina ubicada en el primer piso de un edificio (en donde era la supuesta cita), la misma cara de psicópata y los mismos ojos desorbitados que ya para entonces había visto decenas de veces.
Corrí con suerte. Por fortuna, hubo dos cosas que, creo, me salvaron de sus planes (que nunca sabré cuáles eran, pero puedo, y sé que ustedes también pueden, advertirlos).
En primer lugar, supe, por su torpe forma de hablar, que tuvo miedo de sí mismo y de lo que iba a hacer. En segundo, él alcanzó a ver por una ventana que yo no había llegado sola y que, por gracia de Dios, y de eso que llaman sexto sentido, la persona que me estaba acompañando (un ángel), no había arrancado y tenía parqueado el carro en frente del edificio.
No sé cómo logré huir a pesar de que, incluso, el vigilante del edificio había fingido que allí quedaba una oficina que realmente no quedaba… Lo cierto es que esa fue la última vez que lo vi y fue, además, el detonante para que yo decidiera buscar a su familia: a su mamá y a su hermano, para contarles lo que estaba ocurriendo.
A pesar de mis buenas intenciones, solo obtuve indolencia e, incluso, en el caso del hombre, más violencia y maltrato verbal.
Mi historia es historia, y no es la única. La realidad es que las violencias están latentes en la vida diaria de todas las mujeres, en diferentes formas, en muchas dimensiones y escalas.
¿Estamos solas? Yo respondería, por mi experiencia, que sí.
Estamos solas porque no existe un sistema que nos proteja, porque nuestra sociedad patriarcal permite, acepta y normaliza hechos y comportamientos absolutamente condenables, y porque los temas relacionados con la equidad de género son aún abordados social y políticamente como si fueran un “aderezo” y no como lo que son: un problema estructural.
Seguramente hemos avanzado, sí. ¿Muy poco? Sí, también. ¿Me importa? Mucho; y por eso, aunque ya se haya convertido en una consigna de movimientos y colectivos que valientemente han emprendido la lucha por la eliminación de las violencias contra la mujer -y a pesar de que esta sea también un interés y una causa en mi vida- creo, respetuosamente (y aclaro que este no es un mensaje para esos colectivos, que afortunadamente existen, sino para nuestros gobernantes), que pedir a las mujeres que denuncien a sus victimarios es una acción tan cómoda como ridícula, y que, mientras no haya una verdadera política pública de lucha contra esas violencias (una política amplia y agresiva, que garantice su prevención y castigo), pedir a las mujeres que acudan a la línea púrpura o a las casas de ayuda son solo pañitos de agua tibia que a muchas nos condenan a tener que tragarnos el miedo, el orgullo, el odio y olvidar lo vivido (que no es fácil).
En mi caso, durante muchos años, en los que esporádicamente recibía notificaciones de “Te sigue” en redes sociales, tuve que bloquear numerosas cuentas con su nombre. Viví con miedo y, no me da pena decirlo (pero que Dios lo perdone a él), desee la muerte de mi victimario.
Un día, alguien me contó que había muerto, no sé cómo o de qué. Ese día tuve la certeza de que no existía un loco suelto en la calle que aún pensaba en cómo matarme o cómo quemarme viva ( y no exagero, eso es lo que pasa cualquier día en este mundo).
Ese día pensé en las muchas mujeres que debió violentar y en las muchas que, afortunadamente, ya no podría violentar… Es una lástima ponerlo así pero solo su muerte repentina me lo pudo garantizar.
Esta historia es solo una más, una púrpura historia de violencia e impunidad más que, afortunadamente, no terminó en feminicidio (o al menos no por ahora, porque, no crean, aquellos que toleraron todo lo ocurrido todavía están vivos y a esos también les tengo miedo).

Foto: Martino Pietropoli on Unsplash

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